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039. LOS PATIOS

Los patios fueron la base de la convivencia ciudadana en buena parte del siglo XX en La Línea. La masiva llegada de gente de fuera en las primeras décadas de aquella centuria obligó a construir la gran mayoría de ellos, aunque otros muchos se remontan al siglo anterior.

En los patios había de todo, desde buen ambiente plasmado en fiestas y celebraciones hasta malas relaciones pasando por estrecheces y molestias de lo más variadas.

Cada patio, además, llevaba un nombre característico por razones muy diversas: Seruya, Negrotto, Bandarra, de las latas, los los huesos, del inglés, La Serrana, Quiñones, Viñas, Perea, Los Balcones, Los Banquillos, Mosquito, Celeste, Las Canastas, Lima, Loro, Carmona, Cañamaque, El Dique, … Pasaba como ahora con los nombres de los edificios, aunque menos rebuscados y más directos en función de quién lo habitaba o qué circunstancia lo caracterizaba. La gran mayoría de los patios estaba formado por una entrada más o menos grande, un pasillo generalmente cubierto y luego el patio en toda su extensión y con muy variada forma, desde el alargado hasta el cuadrado o rectangular pasando por el de dos plantas y el de azotea. Las casas tenían una cocina con la hornilla y una habitación interior que servía de salón, cuarto de baño (de uralita, por supuesto) y dormitorio de todos.

En estos patios se celebraban hasta bodas, algo impensable en la actualidad. A nadie se le caían los anillos, nunca mejor dicho, y la convivencia en esos días especiales era inolvidable porque se disfrutaba de la fiesta con las personas con las que se convivía las veinticuatro horas del día y sin que los gastos superaran nunca las posibilidades económicas de la pareja.

El gran acontecimiento, según la época, llegaba cuando alguno de los inquilinos, generalmente los más afortunados, adquirían el nuevo y deseado electrodoméstico de moda, sobre todo la tele. Ya era raro el día en que no se recibían visitas para ver los programas más insospechados, de mucha calidad entonces y que provocaban que el dueño tuviera que estar despierto hasta que sonaba el himno porque a fulanito le gustaba Historias para no dormir. Lo mismo sucedía con los aparatos de radio, sobre todo cuando se producían acontecimientos como los grandes partidos de fútbol o las guerras.

Las grandes estrecheces, superadas por las escasas aspiraciones de la época, estaban en los servicios. La mayoría de los vecinos vivían en un cuarto y cocina, sin aseo ni ducha. Lavarse era un acontecimiento semanal propio de los sábados y las necesidades fisiológicas había que organizarlas porque el retrete podía estar ocupado en el momento más inoportuno, como la canilla, que en algunos patios era la único fuente de agua, ya que la mayoría de las casas no tenían suministro individual.

Luego llegaba otra de las estrecheces, aunque los niños de antes eran de otra madera. Cuando en un patio vivían diez o doce niños había que estar vigilante para que no hubiera destrozos y para no tropezar con los soldaditos que alineaban por el patio. Los escándalos, además, amargaban a las abuelas, que perseguían la tranquilidad de hacer knitting o escuchar la radionovela.

Las mujeres se preocupan siempre de que el patio presentara un aspecto envidiable, con macetas por todas partes, fregado diario, blanqueo de fachadas (sobre todo en los días de fiesta), baldeo de las puertas…, es decir, aparte de las tareas del hogar propiamente dichas se preocupan del patio aunque, la verdad sea dicha, tampoco había mucho que trabajar en un cuarto y cocina.

Los patios fueron una muestra del talante liberal y democrático de La Línea. En muchos de ellos, los propios dueños vivían mezclados con los inquilinos, sin esa barrera de clases que predominaba por toda España. Las costumbres de los patios linenses son dignas de cualquier tipo de análisis sociológico y de cualquier buena novela costumbrista. Su belleza, los pozos que tanto hicieron en época de escasez, las macetas de geranios y azucenas, la estampa del Cristo o de la Virgen que salvaguardaba a los moradores…

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