Pepito

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022. LA ANTIGUA ADUANA

La antigua aduana estaba situada hasta finales de la década de los años sesenta en el espacio comprendido entre la fuente de la plaza de la Constitución y el antiguo edificio de Sanidad (luego Conservatorio de Música e Instituto Transfronterizo y ahora Hacienda Municipal). Por ella pasaron miles de ciudadanos esperanzados en conseguir en Gibraltar la prosperidad que se les negaba a este lado de la frontera.

En los primeros años de existencia de La Línea como municipio independiente, la aduana era de tercera clase y las importaciones del extranjero que se realizaban estaban limitadas a materiales de construcción, carbones minerales, hierros, maderas, losas y vidrios, trigo, harina y muebles. Las mercancías que se introducían apenas si propiciaban beneficios arancelarios, porque eran muy limitadas. Lo que sí dejaba dinero era la represión sobre la introducción ilegal de artículos, sobre todo tabaco, de ahí que la Compañía Arrendataria de Tabacos ejerciera una acción fiscal directa y eficaz en aquellos años.

A finales del siglo XIX transitaban por la aduana unas quince mil personas, a las que se unían trescientos caballos y otros tantos carruajes. Los servicios auxiliares de reconocimiento estaban desempeñados por la sección veterana de carabineros, compuesta por un sargento, dos cabos y cuarenta agentes, todos mandados por un primer teniente.

El comercio ilícito se reprimía con medidas especiales entre las que estaba el estudio ingenioso de por dónde podría entrar la mercancía ilegal. Los carabineros estudiaban eso tanto como las propias personas dedicadas a ese comercio y todo ello sin que dañara a esos quince mil trabajadores que cada día cruzaban la frontera al atardecer.

Los ingresos que propiciaba la aduana eran impresionantes. Por ejemplo, las arcas del Estado recibieron 206.195 pesetas en 1897, mientras que al año siguiente ascendió la cantidad a 150.324 pesetas. Este  curioso descenso de un año para otro se debió a la bajada en la exportación de corchos en planchas y a la reducción de los derechos arancelarios en la importación del carbón mineral.

El administrador de la aduana en aquella época era Adolfo Vicente Arche, que tenía como segundo a Acisclo Fernández de Padilla. Los vistas eran Antonio Miranda, Ciriaco Arregui y Antonio Sánchez mientras que el oficial era Miguel Vázquez y el teniente de veteranos Esteban Suñol.

Estos primeros años de la aduana alcanzaron su punto trágico el 6 de marzo de 1908, cuando se produjeron los luctuosos sucesos que acabaron con la vida de varias personas, casi todos obreros que cruzaban a diario la aduana para trabajar en el Peñón.

El paso de los años no varió un ápice aquellas circunstancias discriminatorias, como demuestra el hecho de que el padre Justo Martínez de Serdio mandara una carta a Franco el 29 de julio de 1954 en la que criticaba con gran dureza la obligación de ingresar las divisas en el Banco de España de la aduana al regreso de Gibraltar. “El último viernes, 23 de julio, ingresaron 6.466 libras, 12 chelines y 6 peniques (…) sin suponer eso salida de mercancías, sino salida de sudor, esfuerzos y sacrificios a diez mil modestos y buenos españoles”. Esta carta, que posiblemente nunca llegara a leer Franco, le valió al padre Justo el destierro.

Por eso, hacer referencia a la aduana es recordar el tributo que tuvieron que pagar los linenses durante muchos años sin que apenas se les devolviera en forma alguna de reconocimiento. Al contrario, todavía luchan por sus derechos. Y si nos remontamos varias décadas, estos impresionantes tributos no sirvieron siquiera para adecentar la carretera que iba desde la aduana hasta Gibraltar, que tardó mucho tiempo en presentar un aspecto decoroso.

Con los avatares políticos sucesivos, a mediados de los años sesenta se produjo la desaparición administrativa de la aduana linense como tal, para muchos el paso previo al cierre de la frontera, ocurrido el 8 de junio de 1969. Un año y varios meses después, en 1971, comenzaron las tareas de demolición de la aduana y aquel histórico escenario de la vida linense dio paso a una gran llanura donde hoy, sin que nadie se pare a lamentarse, no queda el menor recuerdo de lo que allí hubo.

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