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110. FERNANDO BACHILLER. Médico

 

El doctor Fernando Bachiller era natural de Portillo (Valladolid, 1924). En Valladolid se licenció en Medicina y Cirugía con la máxima calificación de Premio Extraordinario en la promoción de 1948. Desde el segundo año de Licenciatura mostró una gran valía intelectual y consiguió la plaza de alumno interno de cátedras clínicas por oposición y diferentes becas en asignaturas médico-quirúrgicas. Su perfil asistencial le movió a incorporarse como profesor en la Cátedra de Patología y Clínica Médica y a efectuar su especialización en patología cardiopulmonar.

A comienzo de los años cincuenta del pasado siglo llegó a La Línea de la Concepción como médico del Sindicato de Trabajadores Españoles en Gibraltar. Luego ganaría la oposición para dirigir el dispensario de las denominadas “Enfermedades del Tórax”, impulsando las primeras campañas de detección y control de la tuberculosis. Luego sería miembro fundador de Separ (Sociedad Española de Patología del Aparato Respiratorio) y de Neumosur, una ramificación de la anterior con carácter andaluz y que es aún de relevante importancia médica.

La situación sanitaria de la ciudad, en aquellas fechas, era desoladora. Él vino a luchar en el campo que le era propio. Encontró la satisfacción profesional, también afecto y respeto. Descubrió el sencillo y luminoso encanto del alma linense. Y su alma, ancha como la meseta que le viera nacer, se hizo más grande entre nuestros dos mares. Comprendió, como tantos otros que llegaron con bien a La Línea, el carácter linense y sus peculiaridades. En cualquier lugar de la ciudad, era respetado, aceptado y reconocido. Fernando descubriría enseguida el genio y personalidad del linense, y su alma ancha, su corazón enorme, sintió ese pálpito con que los linenses siempre han sentido y sabido reconocer; ese soplo lo descubrió Fernando y lo hizo suyo. Y es que, La Línea de la Concepción también era el pueblo de Fernando, un castellano de gran talla que nos llegó del arrabal de Portillo a este histórico arrabal de Gibraltar.

Inició una nueva andadura profesional como director del dispensario del Patronato Antituberculoso, considerado entonces como un destino de excelencia para recién formados especialistas. Y fue su director hasta la extinción del centro. De la magnitud del trabajo desarrollado por Fernando Bachiller en La Línea da idea el hecho de que a lo largo de tres décadas pudieron documentarse en el Campo de Gibraltar más de cien mil pruebas de detección de tuberculosis en las distintas poblaciones de la comarca. La situación médica en aquellos años era claramente deficitaria y con una enorme prevalencia de enfermos tuberculosos, siendo esta dolencia considerada como un problema prioritario de salud pública en aquel momento.

De manera concomitante y como director del dispensario, impulsó estudios pioneros en su campo. En el ámbito de la Tisiología, Fernando Bachiller presidió el grupo de especialistas de mayor prestigio nacional, la sección TIR de la Sociedad Española de Neumología. Gracias a su mecenazgo, La Línea acogió sesiones científicas y congresos del referido grupo y del correspondiente de la Academia Americana de Enfermedades del Tórax. Ellos condujeron a la modernización del tratamiento actual de la tuberculosis y Fernando participó, desde La Línea, en los primeros estudios europeos de evaluación terapéutica por Rifampicina. Ya en los años sesenta participaba en congresos internacionales (Rusia, países centroeuropeos, Estados Unidos de América), llevando el nombre de La Línea a todos esos lugares. Fue nombrado académico por la de Medicina de Cádiz, la más antigua de España, convirtiéndose así en el primer médico académico en La Línea de la Concepción.

Su labor pionera, junto con sus colaboradores, sigue en vigor en la actualidad. En esencia elevó la medicina al máximo nivel científico y profesional en nuestra ciudad. Convirtiendo el escandallo linense como una referencia en su especialidad. Unía así el nombre de La Línea de Concepción a una de las más dignas labores del ser humano como lo es la lucha contra la enfermedad. Su vinculación personal y profesional a La Línea le llevó incluso a renunciar a cargos en otras ciudades y a apostar por nuestra ciudad. Otro rasgo destacable de su carácter era su incansable capacidad de trabajo, y su acervo cultural que hacía de él un gran conversador.

Aquella acogida que tuvo por parte de los linenses, y que aún se mantiene viva, es la se vio refrendada al ser distinguido con el título de hijo adoptivo de la ciudad. Acogida que fue forjando en él a un linense: la ciudad lo hizo suyo. En los personal, la figura de Fernando no se entiende sin la de su esposa: Marili Luque, vallisoletana como él. Tampoco sin Fernando se entendería la de Marili, señora de extraordinarias cualidades intelectuales y humanas, que se trasladó a La Línea de recién casada y que fue un auténtico motor para la actividad de  Fernando y la de su hogar. Sin renunciar a su propia labor profesional como licenciada en Filosofía y Letras, ejerció la docencia hasta su muerte accidental, lamentable y prematura, compatibilizándola con la atención a los ocho hijos que tuvieron en común. Todos ellos, siete son linenses, permanecen actualmente fuertemente vinculados a nuestra ciudad, en la que residen tres de sus hijas con sus esposos e hijos linenses.

 

Fernando y Marili supieron exteriorizar hacia los linenses su personalidad, afabilidad sin afectaciones, siendo muy frecuente verles entre numerosos amigos, recogiendo la simpatía de cuantos les conocieron, o participando en actividades culturales o de otra índole que se celebrasen en nuestra ciudad, y sintiéndose, ambos, linenses.

Fernando Bachiller Cabezón falleció el 16 de agosto de 1997 en La Línea en dónde recibió sepultura junto a su esposa.

Y aunque desde que llegó lo ha sido, ya es linense no solo por elección propia sino por adopción. Fue nombrado Hijo Adoptivo de La Línea de la Concepción el 20 de julio de 2010. Tan alto honor se corresponde con el profundo cariño que Fernando mostró por esta ciudad y por los linenses. Su familia aún recoge ese sentimiento de afecto y consideración de todos aquellos que le conocieron y apreciaron, de primera mano, su catadura moral, su ética profesional y su linensismo. Rasgos de su persona que permanecen frescos en la memoria de todos y que, con la distinción consistorial, se perpetúa la reciprocidad que siempre ha caracterizado a este pueblo nuestro, cuya sabiduría medular le ha hecho distinguir siempre al forastero afincado de quien, con calidad humana, echa raíces profundas en su historia más sensible.

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