053. JOSÉ MARMOLEJO
28 02 2010
“En La Línea eran conocidos los hermanos Marmolejo, José y Rafael el menor, empleado de banca (Banco Español de Credito) y dirigente del Sindicato de Banca y Bolsa de la UGT. Ambos muy aficionados al teatro, pertenecían a la agrupación Álvarez Quintero (Rafael, papeles de galán; Pepe, actor de reparto). Ambos masones y de la JJSS. Hombres profundamente comprometidos y luchadores por la libertad y la justicia.
En julio del 36 pasaron a Gibraltar. Luego se embarcaron para unirse en zona republicana a la 93 Brigada Mixta. Repliegue en Cataluña, campo de concentración en Francia de donde consiguen salir gracias a determinadas ayudas, hacia Tanger, donde meses despues de su llegada son detenidos. A partir de ahí, cárcel, consejos de guerra etc… A Rafael lo atropelló un coche en 1951 cuando salía del banco, cuentan que no fue un accidente fortuito.
En el incidente de la iglesia (mayo 1931), ambos hermanos colaboraron con el alcalde de Izquierda Republicana, Antonio Martínez Fuentes, y varios concejales a apaciguar a un grupo de exaltados aunque en honor a la verdad parece que no fue muy dificil neutralizarlos.”
Tánger 1939, seis años antes. Eran las dos de la tarde, en pleno verano tangerino, como solía, José había girado la llave de la segunda cerradura de la puerta trasera de la tiendecita de ultramarinos que regentaba en el Zoco de Fuera. Caminó algunos pasos y como siempre – era su pequeña manía- se dio la vuelta para comprobar que todos los candados estaban bien echados y que no había olvidado ninguna cerradura, luego reemprendió el camino a casa.
José estaba contento, no podía negarlo, había escapado milagrosamente vivo de la guerra. Pero por otra parte, se sentía inquieto, no era para menos , corrían malos tiempos, aunque Tánger era territorio internacional, la ciudad estaba plagada de chivatos, incluso entre los mismos compañeros republicanos. Cualquier cosa valía para salvar el pellejo. José presentía que la represión sería sin contemplaciones.
El destino le daría desgraciadamente la razón. Camino de casa, a José le gustaba revivir los últimos días de la guerra, la huida a Gibraltar y el posterior desembarco en Tánger. Iba ensimismado cuando dobló la esquina del callejón, al final del cual se encontraba su casa. Serían las dos y media cuando subió la escalera y como siempre Matilde le esperaba en el rellano. Se besaron cariñosamente. ¡Se querían tanto! Habían sido novios desde niños, a José le gustaba decir que se conocieron antes de nacer. Se habían casado durante la guerra, Matilde se vino a Tánger, porque José logró ponerse en contacto con ella a través de un amigo en España. José se había sentado a comer en la salita mientras Matilde terminaba de freír un par de huevos en la cocina. Ella tenía por costumbre dejar abierta la puerta de la casa para poder así oír cuando alguien subía las interminables escaleras. Y es que era un poquito sorda.
No habían transcurrido demasiados minutos cuando Matilde oyó pasos en la escalera que no tardó en reconocer. Se trataba de Santiago compañero de partido de Pepe y dos acompañantes. Le dieron mala espina. Matilde les indicó que pasaran, que Pepe se hallaba en esos instantes terminando de comer. José los miró, y sin pestañear, se levantó de la mesa, se guardó el tabaco en el bolsillo de la camisa y acercándose a Matilde le susurró: ¿ Pero que has hecho palomita? La besó tiernamente a modo de despedida, con todo el cariño de que era capaz y se dirigió a la puerta (ni siquiera mostró sorpresa al ver a Santiago) seguido por los dos fascistas y el confidente. Matilde rompió a llorar desesperadamente, recordando el aviso de José: - No digas nunca que estoy en casa, ni dejes entrar a nadie.
1945, seis años después. El viaje en tren hasta Algeciras siempre le pareció la mejor opción. Este era un viaje deseado: el viaje que uno siempre había estado esperando, algo que siempre se veía venir, como la propia muerte. En el asiento del vagón tiene tiempo para todo, para pensar, recordar, meditar, todo aquello que permite la ventanilla del tren. El tren parece deslizarse bajo túneles infinitos de agua y en ocasiones de nieve. El paisaje que se configura a su paso, parece como dibujado por manos infantiles. Es invierno. José alarga la mirada como pretendiendo vencer el límite que impone el horizonte. Como a muchos viajeros por tren, José también tiene la sensación de que cuando se viaja en tren, nunca se alcanza a percibir si el viaje es de ida o de vuelta. Sin embargo, ¡Cómo difieren los dos viajes! En 1939, un tren maldito lo condenaba a seis años de cárcel franquista en Sevilla, ahora volvía a casa entre la duda y la alegría…. Una mañana de agosto de 1972, mientras paseábamos por el centro de Sevilla, Matilde me contaba, entre una mezcla de emoción, rabia y resentimiento, aquellas visitas periódicas que realizaba a la cárcel para ver a su marido. Para Pepe, fue una suerte que Matilde pudiera “acompañarle” durante su larga estancia en la cárcel. Eso le ayudó a mantener la esperanza, y ahora por fin, también estaba a su lado en el regreso a Tánger.
A pesar de todo lo sucedido, a pesar de las injusticias, de las penurias pasadas en la cárcel, José no guarda rencor, no dispone de sitio para ese sentimiento tan empobrecedor como alienante. José cree que la vida es un regalo y que le queda por recorrer casi todo el camino. Algún día, se dice, la democracia caerá por su propio peso. Inevitablemente. Ese pensamiento le da ánimos para seguir viviendo y luchando. Él es un socialista convencido y fundamentalmente, un hombre bueno.
Un episodio de la guerra o de la preguerra, le enaltece como ser humano. José y su hermano mayor fueron algunos de los que impidieron que los “rojos” quemaran la iglesia de su pueblo natal: La Línea de la Concepción. Él trabajaba en el banco y militaba en el PSOE cuando el golpe de estado franquista. Pertenecía a un grupo de teatro estable y era un amante de la cultura bajo todas sus formas. Además, siempre estaba dispuesto a ayudar a sus semejantes. Después de la guerra y de la cárcel, se instaló en Tánger donde vivió humildemente, pero siempre mantuvo su militancia en el partido y su contacto con antiguos militantes en Méjico, votó por Felipe González en el Congreso de Suresnes, porque según me dijo, él creía en la juventud y en la nueva savia , y no se equivocó. Cuando la victoria socialista de 1982, me mandó una postal donde me felicitaba y se felicitaba por la victoria de la democracia, democracia decía, que todos llevamos anclada en nuestros corazones.
Hasta mediados los años 60, los rojos estaban en los libros, se llamaban Miguel Hernández, García Lorca, Antonio Machado o Yudá Cohen, pero todos habían muerto, eran fantasmas de un pasado para mí oscuro. Hasta esa fecha, yo me había movido y crecido en el bando de los vencedores, en realidad en el único bando visible. Aquella realidad estaba impregnada de imágenes y conceptos convertidos hoy en lugares comunes, como: Militares, Acción Católica, Unión Española, Desfile de la Victoria, propaganda judeo-masónica, flechas, niño de política no se habla… Aquel hombre fue para mí, el primer rostro de los republicanos españoles, el primer rojo con mirada. Esa primera presencia de la izquierda española que fue José, me acompañaría para siempre. Fue como una revelación, la de la otra España, la España oculta , la España muda. Era la cruz de la moneda, la cara desconocida de una moneda cuya otra cara, la cara omnipresente, había sido la de la España uniformada y uniforme. Sirva este pequeño relato como homenaje al viejo socialista y a uno de los pocos hombres buenos que he conocido. Un recuerdo entrañable y un saludo respetuoso a Don José Marmolejo Bianchi genuino representante de una generación y de una forma alternativa de concebir la vida y a nuestros semejantes, desde la honradez intelectual, la bonhomía y la generosidad.
Escrito por Leon Cohen Mesonero
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